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La proeza de Rosario Central

Lo que sucedió en las finales de la Copa Conmebol de 1995 fue tan extraordinario que inspiró la realización de una película en su honor. Rosario Central le arrebató el título a Atlético Mineiro de una manera poco creíble.

Carbonari festeja la consumación de lo imposible: con su gol a los 88′, Rosario Central remontaba un 0-4 y forzaba los penales.

Nunca se vio nada igual y es posible que nunca se repita. Fue la hazaña más grande que se haya visto en una final continental. Rosario Central y Atlético Mineiro fueron los protagonistas de una historia inolvidable para unos y lacerante para otros, que fue inmortalizada en un documental (“Gritos y Plegarias”) estrenado en 2015.

La proeza fue argentina; la humillación, brasileña.

LA FINAL DE IDA

La aventura comenzó en Belo Horizonte, donde brasileños y argentinos empezaron a definir el título de la Copa Conmebol de 1995.

El 12 de diciembre y por la final de ida, Atlético Mineiro recibía a Rosario Central y lo goleaba 4-0, en un resultado que parecía sellar el destino de la serie.

El estadio Mineirao vivió una fiesta y explotó de alegría una y otra vez, celebrando los goles de Ézio (7’), Cairo (54’), Paulo Roberto (59’) y Elpídio Silva (88’).

Esta última anotación provocó un verdadero estallido, porque tenía sabor a sentencia. Los cuatro goles de diferencia eran, presumiblemente, una diferencia suficiente para asegurarse el título.

Pero el fútbol, a veces, alumbra episodios que desafían la lógica. Y eso era exactamente lo que le esperaba al equipo que dirigía Procópio Cardoso en su visita a Argentina.

Rosario Central parecía herido de muerte, tras haber desperdiciado varias chances para minimizar la derrota, algo clave en una serie de ida y vuelta.

El conjunto de Ángel Tulio Zof había tenido ese partido que los buenos equipos tienen de vez en cuando, donde no les sale nada y al rival le sale todo.

Hasta ese día, Rosario Central sólo había cosechado victorias en el torneo: 3-1 (V) y 2-1 (L) a Defensor Sporting en octavos, 2-0 (L) y 3-1 (V) a Cobreloa en cuartos de final, y 2-0 (V) y 3-1 (L) a Atlético Colegiales en semifinales.

LA REVANCHA

La revancha se disputó el 19 de diciembre y pese a que dar vuelta la serie era poco menos que una quimera, la hinchada canalla llenó las tribunas del Gigante de Arroyito y su fervor le dio un impuso extra a los jugadores.

Como se esperaba, Rosario Central salió a jugarse por entero desde el pitazo inicial, pero el primer desahogo llegaría recién promediando el primer tiempo, cuando Ruben “Polillita” Da Silva apareció en la poblada área norteña para mandar la pelota a la red.

El gol golpeó a los visitantes y envalentonó a los locales, quienes rápidamente conseguirían dos anotaciones más: a los 39’ un fuerte tiro libre del zaguero Horacio Carbonari encontró la floja respuesta del arquero Claudio Taffarel y a los 40’ un zurdazo de Martín Cardetti volvió a vencer la resistencia del “1” norteño.

La hazaña empezaba a tomar forma.

Pero el segundo tiempo sería diferente. Quizás por el hecho de verse tan cerca del objetivo, Rosario Central perdió la versión avasallante del inicio y Atlético Mineiro pudo ajustar las marcas y no pasó tantos sofocones.

Los últimos minutos fueron electrizantes: Central atacaba cómo podía y Mineiro defendía con lo que le quedaba. A esa altura, ya jugaban 9 contra 9 por las expulsiones sufridas.

Y a los 88’, el enésimo centro al área del Mineiro encontró la cabeza de Carbonari, quien puso la pelota contra un palo y decretó el 4-0 que nivelaba la serie y forzaba los penales.

LA DEFINICIÓN POR PENALES

Rosario Central había conseguido lo más difícil, pero si no se imponía en la definición desde los 11 metros, su remontada quedaría en el olvido.

Para Atlético Mineiro, los penales eran la vía de escape, la forma de evitar la humillación. Sus esperanzas estaban depositadas en las manos de Taffarel, quien venía de ser campeón del mundo con Brasil en 1994… por penales.
En el otro arco estaba Roberto Bonano, un arquero de 25 años surgido en las divisiones inferiores del club canalla.

Pero la actuación de los porteros no sería relevante para definir al campeón. Al cabo, Taffarel atajaría un penal y Bonano, ninguno; y la copa igual se quedaría en Rosario.

La precisión de los ejecutantes, en cambio, sí sería decisiva. Atlético Mineiro falló los primeros dos remates (Dorival Júnior ejecutó a las nubes y el tiro de Leandro Tavares dio en el palo) y Rosario Central acertó los suyos, tomando una ventaja que sería indescontable.

Quedaría para la anécdota que Taffarel salvara dos “match points” en contra para extender la agonía, primero convirtiendo su penal -cuando errar era sinónimo de derrota- y después atajando el remate de Cristian Colusso.

La posterior conversión de Euller evitaría por tercera vez el festejo anticipado de los argentinos y llevaría la definición al último penal de la serie. El final de la historia no podía ser de otra manera, ¿no?

Ese décimo penal estaba reservado para la jerarquía del “Polillita” Da Silva, quien no falló.

La proeza estaba consumada. Por primera (y hasta ahora única) vez, un equipo lograba revertir un 0-4 en una final de un torneo continental.

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